Hitos 2016: El legado de Edgardo Hartley, fundador de Danza y Coreografía en UNIACC: “No podemos vivir sin el arte”

Febrero 24, 2017 8:00 am Por Deja tus comentarios
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Recordemos algunos de los principales hitos de Universidad UNIACC durante 2016.

1 de julio.

A los 71 años, falleció una de las figuras más importantes de la danza y coreografía nacional: Edgardo Hartley. El artista, quien residía junto a su familia en Phoenix,  Arizona, Estados Unidos, se encontraba enfermo de cáncer al páncreas, a lo que sumaba un reciente accidente vascular.

En 2004, Edgardo Hartley fue el fundador y luego director de la Escuela de Danza y Coreografía de UNIACC, la que dirigió hasta 2013, año en que decidió tomar nuevos rumbos y desafíos.

El 10 de junio de 2016, en el Campus Lautaro de UNIACC, en Lautaro 574, Providencia, Hartley participó -vía videoconferencia- de la inauguración oficial de dos salas para la mencionada carrera, una de danza general y otra de tap.

Conectado desde Phoenix, en Arizona, Estados Unidos, en lo que sería su última aparición pública, Hartley agradeció, entre otros, “al tremendo equipo docente” de UNIACC.

En la ocasión, Hartley tuvo palabras para todos los estudiantes y egresados de Danza y Coreografía, quienes, en sus palabras, “siguieron lo más transparente y lindo que nos entrega la vida: la vocación (…) Está en manos de ustedes continuar con todo eso. A todos quiero agradecerles por lo que están haciendo, y conmino a continuar con esta labor, contra viento y marea, porque está en muy buen camino”.

Por eso,  hoy compartimos con ustedes una entrevista realizada a Edgardo Hartley en UNIACC, publicada el 13 de julio de 2012, poco tiempo después de que fuera condecorado por el Consejo Mundial de Educación con la Orden al Mérito a la Trayectoria, en una conversación en la que relató aspectos íntimos de su vida.

¿Por qué Edgardo Hartley -director del ballet nacional chileno entre 1996 y 2000- se dedicó a ser, como él dice, bailarín, “con negrita y con mayúsculas”?

El niño Edgardo primero estudió piano y violín -por eso que en su oficina en UNIACC se puede escuchar de fondo a, por ejemplo, Franz Schubert- pero también le gustaban las mismas cosas que a la mayoría de los muchachos de su edad, como el fútbol, la bicicleta y los patines.

Un día, su madre, Lucy, quien tenía una escuela de danza en Valparaíso, llevó al adolescente de 15 años a ver funciones de ballet, entre las que estaba “La mesa verde”, obra del coreógrafo alemán Kurt Jooss: “Yo fui de mala gana, pero el impacto que creó en mí fue tremendo. Vi un mundo que no había visto”.

La última aparición pública de Edgardo Hartley, el 10 de junio de 2016, durante la inauguración de las nuevas salas de Danza y Coreografía de UNIACC.

La última aparición pública de Edgardo Hartley, el 10 de junio de 2016, durante la inauguración de las nuevas salas de Danza y Coreografía de UNIACC.

El camino para convertirse en bailarín fue menos difícil de lo usual para Hartley, gracias a la ayuda “de las condiciones físicas naturales que, afortunadamente, heredé de mi madre”.

“A mucha gente le cuesta años, por ejemplo, levantar la pierna en 120 grados, pero yo los 17 ya estaba contratado en Toulouse como solista”, explica, “incluso mi padre, Edgardo, quien era peruano y que no estaba muy contento con mi vocación, tuvo que entregarme un permiso notarial para poder viajar”.

Su esposa, también bailarina, era Elba Rey, hija de Alberto Rey, del Dúo Rey Silva, exponentes del folclore. Dos años después de casarse se fueron a la entonces Alemania Federal, “con el puro pasaje de ida y con 300 dólares en el bolsillo. Conseguimos contrato en Bonn, estuvimos dos años y luego nos mudamos  a Wuppertal, hasta que apareció la oportunidad de ir a Sudáfrica”.

Luego de temporadas mezcladas en el país africano y suelo germano, el matrimonio volvió a Santiago en 1981: “Ese año nos llamaron para hacer La Bella Durmiente y decidimos que nuestra misión era aplicar en Chile lo aprendido en el extranjero”.

“Esa fue la mejor época del Ballet de Santiago”, recuerda Hartley, “luego de eso, mi señora y yo nos volvimos maestros de baile, que es la progresión lógica”. El bailarín se retiró del escenario como intérprete en 1995, a los 50 años de edad. Luego, en 2004, se le solicitó crear y asumir en UNIACC la dirección de la Escuela de Danza y Coreografía.

Edgardo

-Usted ha vivido en varios países, como Perú, Francia, Alemania y Sudáfrica, ¿cómo esto lo benefició en su formación?

En Lima tuve la suerte de tener muy buenos maestros. En la Asociación de Artistas Aficionados empecé a estudiar con Dimitri Rostoff, maestro ruso. Luego, los viajes nos hicieron desarrollarnos en muchos aspectos con mi esposa, porque conocimos mentalidades que se proyectan y que son desarrolladas. Aprendimos cosas muy importantes, como el ahorro, el orden, la disciplina, el esfuerzo y la proyección de vida. A nosotros nos parecía increíble y nos matábamos de la risa porque nuestros compañeros estaban a los 20 años pagándose la sepultura, pero resulta que al volver a Chile fue lo primero que hicimos.

-¿Cuál es la importancia de los idiomas en esta disciplina?

En danza existe una lexicología. Tal como en los negocios se utiliza el inglés, en la música el italiano y en la medicina el latín, en el ballet les hablamos de la terminología. Así, cuando nuestros alumnos salgan para trabajar en alguna compañía, no tendrán problemas para entenderse con su compañero o con su maestro, porque entenderán el lenguaje de la danza.

-¿Por qué un alumno de danza debe ser un buen lector?

Es importantísimo para un mejor entendimiento al interpretar un rol. Si se ha leído la obra se sabe lo que se está diciendo. Si el alumno sabe del compositor, entonces aprendió a escuchar su música. En eso radica la importancia del nivel cultural. Por eso que los bailarines emigran tanto, para conocer diferentes repertorios. Por ejemplo, yo aprendí afuera a interpretar el rol del Príncipe en Giselle (de Adolphe Adam) y el rol de Gremio en La Fierecilla Domada (de William Shakespeare), mientras que en Sudáfrica me tocó hacer de Romeo en Romeo y Julieta (también de Shakespeare). Yo nunca había hecho esos roles, pero sabía de qué se trataban.

-¿Por qué se debe estudiar danza?

Es macanudo que un muchacho baile en las discotecas, porque en el mundo entero todos han bailado, pero para ser bailarín hay que tener preparación. La danza tiene que verse como una disciplina artística. Es nuestro deseo y es fundamental que la danza se vea como corresponde. Yo canto bajo la ducha y, créame, soy bien afinado, pero tengo la honestidad de decir que no soy cantante. Por eso es irritante que salga una persona haciendo cualquier cosa y autodenominándose bailarín.

-¿Por qué es importante la educación?

Porque abre los horizontes y porque sólo la educación lleva al desarrollo. Ganar plata para, por ejemplo, tener la casa, la 4×4 y el notebook, permite adquirir, pero no educa. Uno se educa para aportar y así desarrollar. A mí me molesta haberme sentido a veces discriminado sólo por haber abrazado una carrera artística de danza, me duele, porque eso es falta de educación.

-¿Cuál es el papel del arte?

Uno no puede regocijarse y sentirse feliz observando un vertedero clandestino o cómo matan las focas a palos, porque no tiene nada de artístico. Lo diametralmente opuesto es lo que necesita el espíritu humano y eso lo entrega el arte. El espíritu humano necesita ir a un teatro, ver una buena obra, escuchar buena música, leer un buen libro y admirar una bella pintura. No podemos vivir sin el arte. La gente va a Italia no sólo a comer pizza, se queda maravillada con la arquitectura renacentista. Ese tipo de estética existe en el canto, la música, el cine y la danza. La belleza de la estética satisface el espíritu y el alma.

-¿Cuál es la contribución del ballet?

Yo disfruto mucho con el Romeo y Julieta de John Cranko, un gran coreógrafo sudafricano. Para mí es suprema la combinación de la obra de Shakespeare, la composición magistral de (Sergei) Prokofiev y la coreografía de Cranko. Es una obra que aconsejaría a todo el mundo ir a ver, incluso a quienes ven el ballet con desprecio o como algo aburrido. Yo les digo: regáleme dos horas y media de su vida, siéntese a ver Romeo y Julieta y después hablamos. Eso es lo que se necesita: llevar a la gente al teatro y cultivarla, no sólo llenarlos de reggaeton y cumbia.

Universidad UNIACC